Raúl Salgado
Ferrol (A Coruña), 5 sep (EFE).- Aunque no es una cifra redonda, soplar dieciocho velas invita a pensar en un momento simbólico, en un punto y seguido que simboliza una mayoría de edad, la madurez que este fin de semana festejan en Ferrol (A Coruña) Las Meninas de Canido, el certamen de arte urbano de su barrio alto, nacido para reivindicar y que ya es una cita global.
Creadores de todo el mundo confluyen en la ciudad naval, que ha hecho suyo este evento, popular pero con un respaldo público y privado cada vez mayor, surgido de la varita mágica del artista Eduardo Hermida, al que se ve paseando en un coche histórico sin capota dando vueltas por la calle Insua o el Muíño do Vento.
Lo hace junto a familiares y el muralista Sfhir, que ya es uno más en la zona y que este año ha ejercido como pregonero, al tiempo que se suma a la pléyade de más de una veintena de virtuosos del pincel que toman parte en la actividad, llegados desde lugares como Australia o Irán, en plena convulsión bélica.
Las Meninas de Canido surgieron como grito de protesta ante la decadencia de un barrio diferente en una ciudad marcada por la dualidad de su legado militar y obrero a un tiempo, un espejo ante el que exhibe viviendas pequeñas con huerta, sus vestigios del pasado, y una pujanza de promociones inmobiliarias que marca la pauta en Ferrol.
De hecho, uno de los murales más emblemáticos del certamen, en el que luce un gran perro ataviado al más puro estilo de la célebre obra de Velázquez, está a punto de desaparecer por la construcción de un gran inmueble residencial en plena entrada a la barriada.
Grandes grúas sirven para volver a perfilar lienzos de años anteriores y esbozar nuevos cuadros que desde el domingo ya serán parte del paisaje, en el que las fachadas más altas y los espacios públicos más entrañables se dan la mano como museo al aire libre.
Callejuelas en las que aflora el intercambio de ideas e incluso de culturas, con Meninas a las que acompañan textos en lenguas ininteligibles para la mayoría de los paseantes, otras que ocupan frontales de casas que han sucumbido al abandono o mujeres aferradas al rock como reinterpretación de las protagonistas del cuadro que da nombre a la cita.
Más allá del arte urbano, el certamen amplía paulatinamente su programación paralela, trufada de propuestas musicales, con un mercado de artesanos cada vez más activo y una hostelería afanada en responder a la demanda de tres días de vértigo.
Y es que Canido no solo recibe con los brazos abiertos a multitud de curiosos procedentes de los lugares más llamativos, sino que los propios ferrolanos suben al barrio por considerar que esta fiesta es su particular despedida del verano, con las terrazas llenas en la calle Alegre o en su histórica plaza del Cruceiro.
El colorido se adueña de un entramado urbano que huye de lo moderno, pero lo que más puede chocar en edificios antiguos, como personajes de cómic o seres que parecen de otros mundos, grita al mundo entero que esta fiesta quiere seguir creciendo. EFE
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