Aislamiento por musicalización
La negación de que las escenas de escucha musical vinculan colectividades es validada en el campo de nuestra experiencia material. Solo una canción de infancia puede proteger el sueño de las vidas recién llegadas dándole una forma corporal y fónica al amor filial a la vez que fijándose como huella s

La negación de que las escenas de escucha musical vinculan colectividades es validada en el campo de nuestra experiencia material. Solo una canción de infancia puede proteger el sueño de las vidas recién llegadas dándole una forma corporal y fónica al amor filial a la vez que fijándose como huella secreta en el inconsciente del pequeño dormilón; solo una sinfonía de Beethoven puede sofocar nuestro pecho y arrancarnos de la vida ritualizada y alienada cuando sentimos la cercanía física del aire expulsado por los instrumentos de viento con rabia o delicadeza, cuando el ambiente se llena de elegancia ante los movimientos de las cuerdas o la matemática fruición de la percusión que anuncia la turbulencia del espíritu, llenando los pasillos de un teatro, una sala, un hogar; solo Marta Argerich puede invocar las pasiones profundas del canon romántico para piano y resucitar a Chopin o Liszt como si cada caída de sus dedos salpicara sobre las aguas del Estigia y desde ahí saltaran como salmones los grandes compositores de alma frágil que la gran maestra órfica que dio nuestra patria puede entregarnos fuera de toda encriptación o enlatamiento estupidizante.
La promesa del algoritmo es la felicidad y la diferencia, el entretenimiento y el goce asegurado, la reunión del gusto colectivo y la disponibilidad infinita; el resultado, apenas gris, es la uniformidad de la sensibilidad y la erosión del carácter, la angustia de consumir siempre lo mismo con distinta etiqueta, la homogeneidad del cuerpo social de melómanos y el ocaso de la entrega curiosa a la experiencia musical. La musicalización (perpetua, ubicua, constante, mediatizada y algoritmizada) separa además literalmente a la humanidad. Los algoritmos segmentan zonas de públicos y audiencias, es decir, personas de carne y hueso que, a pesar de tener tradiciones y memorias culturales heterogéneas entre sí, ya no pueden conversar o discutir sobre los motivos para valorar tal o cual obra; ya no buscan información en revistas, en clubes, en conversaciones entre gente que se supone que algo sabe, o no se supone nada, pero tuvo una experiencia única e irrepetible, capaz de ser transmitida en palabras y dejar algo nuevo, una pizca de sentido en quien oye y se dispone a una conversación, que puede ser interesante o un fiasco, pero he ahí la apuesta a intercambiar unas palabras, esos fichines en las máquinas lúdicas para perder el tiempo buscando con otros las hermenéuticas que penetren en textos musicales silvestres. También en las plataformas de streaming musical, el oyente está protegido contra la falta o el aburrimiento; todo es exceso y color, todo está atestado de signos e información; si no te gusta este disco acá hay otro, por las dudas toma esta publicidad. Los oyentes, los melómanos, están aislados en lo algorítmico, en lo que supone identificar patrones y comunidades. Pero los medios técnicos de musicalización separan a los oyentes también físicamente. Los auriculares han ocupado el lugar de otros dispositivos abiertos, ambientales, necesariamente compartidos. Suenan en los auriculares una publicidad que otros millones escuchan en trenes, camiones y submarinos; suenan también las mismas canciones, una playlist nacional, el top 50 de un territorio definido por canciones igualmente prefabricadas; todos pueden oír la estructura de sentimientos de la patria, pero no pueden oírse entre ellos que comparten un mismo vehículo; bajarán y caminarán en la ciudad con la misma sinfonía de dispersión y normalidad, atenuando las imperfecciones de la urbe, dañada y destramada, colchón de asfalto de los más pobres, circuito para loquitos del centro, para buscavidas que ahora solo pueden aferrarse, todos los orificios del cuerpo cubiertos por capas cibernéticas de soledad sonora curada por el DJ de nuestra depresión global, la cultura del mercado. Los auriculares, forma privada de escucha musical, reduce los conocimientos (reproducen la ficción, la fantasía y la mentira; tres formas bellas de la palabra, pero que pueden ser letales si no son caminos elegidos) que se pueden hacer en un viaje por la música compartida. Los sujetos de auriculares viajan por la ciudad, rigurosamente aislados los unos de los otros, sobre círculos o cápsulas predigitadas de paisajes sonoros que reprimen el riesgo, la emergencia, la novedad, el salto, la posibilidad de un otro. En compensación, en los auriculares personales se escucha solo lo mismo que se escucha en todos los demás, los consumos musicales por plataformas en cada célula sonora están regulados por los intereses prácticos de las plataformas. Y como cada sujeto con auriculares con un determinado ingreso monetario invierte lo mismo en entradas para recitales, servicios de plataforma, músicos devenidos influencers, clases o tutoriales o comentadores/recomendadores de la última novedad musical (tal como lo prescriben las estadísticas), así los temas musicales se hallan tipificados de acuerdo con las distintas clases de auriculares. Dime la marca de tus auriculares y quizá pueda decirte qué suenan por ellos. Cuando en los fines de semana o en los viajes se encuentran los oyentes de música, sus recorridos, aventuras, relatos, experiencias sensibles son perfectamente idénticas a las de otros oyentes; descubren que, conforme ha crecido el aislamiento, han llegado a asemejarse cada vez más. En todos los templos del cuidado de sí, en el que se entrega el cuerpo a una práctica y una disciplina corporal (sea naturalista o técnica, sea yoga o crossfit), la música suena perpetua, utilitaria, arruinada de su connotación espiritual por medio de su derrumbe como mera ambientación, como una prenda que vuelve homogéneo todos los bufidos, alaridos, gritos en un solo ruido democrático y general. En todos los comercios o talleres o instancias de encuentro fortuito un parlante anuncia la atmósfera general que templará las conciencias de sus habitantes; se permitirá que los auriculares ecualicen sombras en apariencia diversa. La musicalización procede a igualar a la humanidad mediante su aislamiento.
Pero el aislamiento no es solo del oyente. Más cínicas son aquellas obras que se pretenden revolucionarias o novedosas, pero solo pueden entregar una pose no menos genuflexa a la de sus colegas menos solemnes. No hay espacio para la politización del arte, sí para el panfleto y la consigna, sí para la melancolía de izquierda y la exaltación de cenizas de la pasión transformadora; pero en el terreno de la poética musical solo hay tradiciones, no hay vanguardia, no hay experiencias de exploración o romance con el desierto y el vacío; quizás los hay más allá de la cultura algorítmica, en refugios posacadémicos. Pero en el campo de la música popular se vive una soledad mayor. El sueño del capital se imprime en las canciones de jóvenes poetas que podrían ser músicos, pero antes quieren pegarla; tienen nostalgia anticipada del under, obnubilados por pegarla, su deseo de ser mayores les arrebata la creatividad infantil, imposibilitados de ser una renovación a la tradición, citan y referencian todo porque no pueden proponer nada nuevo y no pueden rasgar el pasado ni apuntar críticamente contra las viejas olas.
Pablo Sánchez Ceci



