Cultura

No todo el mundo puede contemplar a las hadas

No todo el mundo puede contemplar a las hadas

“Hadas, venid a sacarme de este mundo aburrido”. Acudí con el verso de Yeats en la cabeza a una insólita sesión académica sobre esas criaturas maravillosas hace unos días en Barcelona, una tarde en la que ya era oscuro y la ciudad se encerraba en una atmósfera turbia de política y sequía. Hadas: ya sólo la palabra, con el sabor de un elixir vivificante, te traslada a una esfera distinta, a un espacio extraño en el que la magia y la belleza revolotean resplandecientes envueltas en un halo de misterio y de peligro. Otoño es una estación de hadas: en el bosque, si escuchas con atención, puedes oír estos días su leve paso en el crepúsculo, crujiendo en las hojas muertas mientras el viento sopla alrededor con un gemido agreste y melancólico. Habrá quien al oír hablar de hadas piense en Campanilla o en las abueletas hadas madrinas de la Bella Durmiente, las de Walt Disney o los cuentos troquelados; yo pienso en las hadas premium, numinosas y realmente feéricas, cosa seria, como Viviana, Nimue, Morgana Le Fay, la Belphoebe de Edmund Spenser o La Belle Dame sans merci, cantada por Keats y pintada por Waterhouse: “I met a lady in the meads,/Full beautiful, a fairy’s child;/ Her hair was long, her foot was light,/ And her eyes were wild” (“encontré a una dama en los prados/ de belleza absoluta, una niña de las hadas; / su cabello era largo, sus pies ligeros,/ y su mirada salvaje”).

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Un encuentro con las mágicas y misteriosas criaturas en su versión ‘premium’Leer más