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El suicidio de una niña británica dispara el debate sobre la responsabilidad de las redes sociales

La joven Molly Russell, de 14 años, fue hallada muerta en su habitación la mañana del 21 de noviembre de 2017 en Harrow, al noroeste de Londres. Se había quitado la vida. Su familia nunca detectó ningún comportamiento extraño en ella, más allá de que durante el último año pasaba más tiempo encerrada en su habitación. Lo achacaron a los cambios propios de la adolescencia. Pero cuando su padre, Ian Russell, revisó el correo electrónico de Molly en busca de alguna posible explicación de la tragedia, se encontró con un mensaje de Pinterest de hacía dos semanas titulado “Pins de depresión que te pueden gustar”. Siguió investigando y comprobó que, durante los seis meses anteriores a su muerte, la joven compartió o reaccionó en Instagram ante más de 2.000 publicaciones relacionadas con el suicidio, las autolesiones o la depresión.

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