Cultura

Novelas, cómics, videojuegos, películas o espectáculos: todo lo que tiene éxito termina en adaptación

Nació en papel. Luego, resonó en un teatro. Y, pronto, se proyectará en una gran pantalla. Pero Marta González de Vega espera que De Caperucita a loba en seis tíos alargue incluso más su recorrido. “Me fascinaría una ópera, o una serie”, se ríe. La guionista siempre tuvo en mente que su novela saltara a otros formatos. Al fin y al cabo, sucede constantemente: de libro a serie, de cómic a exposición, de película a videojuego. La adaptación, tan frecuente desde hace décadas entre literatura y cine, hoy seduce a todos los ámbitos culturales. Y viaja indiferentemente de uno a otro.

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El cine, principal acusado

“La industria del cine ha sido acusada a menudo de usar las adaptaciones para minimizar los riesgos. Pero su aptitud me parece totalmente razonable. El coste medio de una película de Hollywood ronda los 100 millones de dólares, lo cual convierte la producción de filmes en la forma de relato más dependiente de grandes capitales de la historia”, asegura el profesor Thomas Leitch. El académico sostiene que un autor como Stephen King puede permitirse un proyecto personal, como 22/11/63, porque, incluso si no se vende bien, solo habrá perdido un año de trabajo. Cree que el fracaso de una superproducción, en cambio, puede hundir a un estudio entero: “Si hiciera películas de 100 millones con el dinero de otros, me preocuparía mucho que obtuviera beneficios o, al menos, evitara acabar en pérdidas”. Eso sí, también resulta cuestionable el modelo de un Hollywood donde cada filme de las majors es un órdago millonario a una mesa de póquer donde la apuesta va subiendo y se sientan cada vez más jugadores. 

Leitch entiende el hartazgo ante el aluvión de historias repetidas, pero también quiere subrayar los grises de un tema que le apasiona y ha estudiado a fondo. Así, mira al pasado para contextualizar. “Las historias originales siempre han sido un negocio arriesgado en Hollywood”, asevera. Y recuerda a Preston Sturges, uno de los guionistas más talentosos de los años treinta. “Cuando se pasó a la dirección, con El gran McGinty, en 1940, se convirtió rápidamente en su propia marca. Con alguna excepción, sus filmes de los cuarenta no eran siquiera adaptaciones de textos anteriores sino, una y otra vez, de su propia fórmula, incluso con el mismo reparto en roles parecidos”, explica. Y recuerda que Virgina Woolf, indignada ante una versión fílmica de Anna Karenina, sostuvo que el cine debería alejarse de las adaptaciones y dedicarse solo a proyectos específicos para la pantalla.  

El profesor cita el caso de Alfred Hitchcock: “Cuando le preguntaban por qué nunca adaptó una novela como Crimen y castigo, contestaba que Dostoievski había logrado un resultado tan imponente que a él no le quedaría nada por añadir. A lo largo de su carrera, prefirió adaptar —y la gran mayoría de su obra está hecha de adaptaciones— materiales que algunos llamarían de segundo nivel y otros, más amables, de género”. 

El traslado cada vez más rápido a otros formatos de cualquier obra que fascine al público alimenta el debate sobre su creatividad: ¿se enriquece el material original o solo se aumenta la repetición?Read More