Cultura

Alejandra Pizarnik, la poeta genial que quería escribir una novela

El teléfono sonaba a las dos de la mañana. Un día. Y otro más. Julio Cortázar sabía que su amiga Alejandra Pizarnik era noctámbula e insistía “persona a persona” de París a Buenos Aires. “Decile que no estoy, que salí, que ahora vuelvo…”, era obligado a mentir el poeta Fernando Noy, médium ocasional entre esos dos monstruos sagrados, porque Pizarnik no encontraba el original de Rayuela (1963), que había mecanografiado años antes en la Ciudad de la Luz, agradecida porque Cortázar le consiguió un departamento para vivir en la rue de Luynes. El manuscrito de la novela finalmente se encontró y la amistad volvió a su cauce.

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